Me encontraba yo el otro día navegando por la web de un periódico digital cuando, una vez leídas todas las noticias “serias”, apareció frente a mis ojos la foto de una guapa y millonaria señorita que luciendo su corona de joyas sujetaba con mimo en sus brazos un chihuahua envuelto en un traje rosa de seda, como si de su primer bebé se tratase.

Contemplaba esa imagen –reconozco que con un poquito de envidia hacia los cuidados que seguramente recibiría aquel chihuahua– cuando me asaltó la duda de cuánto pagaría Paris Hilton como recompensa a quien consiguiera rescatar a su perrito o perrita (desconozco el sexo del animal en cuestión) si dicho animalito llegara a extraviarse.

Y, no sin algo de rubor por dedicar mi tiempo a un tema de tal envergadura, me puse a investigar sobre ello y rápidamente encontré en la red una noticia, de hace unos años, sobre otro famoso actor, Sylvester Stallone, quien habiendo perdido a su perrita Phoebe llegó a ofrecer una recompensa de diez mil dólares a quien la encontrase –recompensa que sin embargo nadie pudo cobrar ya que, según informaban, fue el actor quien la encontró muerta en su propiedad tras haber sido atacada por un coyote–.lostdog

Me reservaré la opinión sobre si dicha cantidad me parece alta o baja para un señor que a buen seguro cuenta con un patrimonio de varios (muchos) millones de dólares, pero dicha noticia me hizo constatar un hecho innegable: los animales no solamente tienen un valor económico como tales –especialmente los perros de razas demandadas– sino que, por encima de todo, poseen un valor afectivo para sus dueños que supera con creces al primero.

Y la pregunta que nunca me había planteado y que en aquel momento se me presentó como obvia fue la siguiente: “Si yo tuviera un deudor con un perrito de esos, ¿podría embargárselo para tratar de cobrar mi deuda?”.

La respuesta es que, dejando a un lado la barrera emocional que habría que derribar para separar a un perro de su dueño (aunque, quizá, ese sería el elemento coercitivo más fuerte), desde un punto de vista estrictamente jurídico sí podríamos hacerlo.

Cuando la Ley de Enjuiciamiento Civil se refiere en su artículo 592 al orden de los embargos, contempla de forma expresa el embargo de bienes semovientes; adicionalmente, a contrario sensu, los animales no aparecen recogidos como bienes inembargables en los artículos 605 y 606.

Por su parte, hasta su reforma en el año 2009, la Ley de Enjuiciamiento Criminal regulaba con algo mayor de detalle en sus artículos 601 y 602 el embargo de los bienes semovientes, en lo referente al depósito de los mismos o su venta en pública subasta.

A buen seguro, el legislador estaba pensando en determinados animales (cabezas de ganado, caballos, etc.) que han representado una parte importante de nuestra economía y poseen un indudable –y a veces elevado– valor económico, cuya realización puede ser la única forma de obtener el pago de una deuda que, de otra forma, sería materialmente imposible cobrar.

¿Pero y si el animal sobre el que pretendo trabar embargo no es un ternero o una oveja, sino el perrito Tobby o la gatita Kitty?

Debemos partir de que todos los animales (al menos en la UE) deben de estar por ley debidamente identificados de forma individual. Así lo establece, en nuestro país, la Ley 11/2003, de 24 de noviembre, de Protección de los Animales, respecto de los perros y gatos; el Real Decreto 1515/2009, de 2 de octubre, por el que se establece un sistema de identificación y registro de los animales de la especie equina, respecto de los équidos; o para las ovejas y cabras el Real Decreto 685/2013, de 16 de septiembre, por el que se establece un sistema de identificación y registro de los animales de las especies ovina y caprina.

Por tanto, en principio, bastaría con que el Juzgado oficiase al organismo encargado de la correspondiente identificación y registro para requerir un listado de todos los animales que figuren a nombre de nuestro deudor y, una vez obtenido, pedir el secuestro (entendido en términos jurídicos claro está) del que nos interese.

En el aire quedan cuestiones como la relativa a si un perrito que carezca de pedigrí tiene o no contenido patrimonial o la referente a qué haríamos con el animal embargado (¿podría quedármelo yo en casa –eso sí, sacándolo a pasear y recogiendo sus excrementos– hasta que me paguen?) pero lo cierto es que, aunque pueda parecer descabellada, es una medida que sin duda puede ser mucho más efectiva para obtener el cobro de una deuda si mi deudor es amante de los animales. Y es que, a diferencia del anuncio televisivo, ellos siempre lo harían (pagar). Paris Hilton y su chihuahua pueden, no obstante, estar tranquilos… dinero parece que no les falta.