Hablando el otro día con mi hijo mayor antes de acostarlo en su cama, de repente, me dijo:

Papá, ¿yo qué voy a ser de mayor? Cuando tu hijo te hace, sin ningún tipo de anestesia, una pregunta de tal calado, lo primero que intentas es recordar apresuradamente todos aquellos consejos que una vez leíste en algún libro de psicología infantil para refundirlos en forma de respuesta perfecta… En mi caso, lo que me salió fue:

– Pues hijo, tú de mayor serás lo que quieras ser.

– Entonces, papá, yo quiero ser cada día una cosa distinta.

– ¿Cómo que cada día una cosa distinta? pregunté yo, olvidando de forma imperdonable la apertura de mente de los niños.

– Pues quiero ser un día policía, otro cocinero, otro futbolista, otro rock –se refería a cantante de rock–… ¡así sabré hacer muchas cosas!

– ¡Eso es una idea buenísima! le dije.

– ¿Papá, tú de pequeño querías ser abogado? –ha oído que su padre es abogado–.

Pues no me acuerdo, pero creo que no. La realidad es que sí me acordaba y no, no quería ser abogado. En todo caso, cuando pensaba que mi niño se iría a dormir satisfecho con esa respuesta me lanzó una última pregunta

¿Qué hace un abogado, papá? En ese punto tuve que detenerme a pensar ¿cómo le explico yo a un niño de cinco años lo que hace un abogado? Tras unos segundos, contesté:

Pues un abogado es una persona que se dedica a ayudar a la gente a resolver sus problemas.

Ah, buenas noches papá.

Buenas noches, campeón.

Esta pequeña anécdota me hizo pensar sobre la profesión de abogado y, ciertamente, tras unos cuantos años de ejercicio he llegado a la conclusión de que lo que busca el cliente es que le resuelvas su problema, como si fuera tuyo –con el coste personal que eso conlleva–.

En los tiempos que corren, dada la complejidad y la velocidad de las relaciones empresariales, las necesidades de nuestros clientes se han hecho también más concretas. Un abogado no es ya aquel sabio que, tras largas horas de estudio, trataba de encontrar la solución magistral al problema (ya existente) de su cliente.

En la actualidad, los abogados asesoramos a nuestros clientes desde el mismo momento en que las decisiones son tomadas, incluso antes. Acompañamos a los empresarios y profesionales de forma constante en el desarrollo de su actividad, no ya para “ayudarles a resolver sus problemas” sino para prevenir y evitar dichos problemas.

Este tipo de asesoramientos hace que, junto al conocimiento de las leyes, nos especialicemos de igual modo en el negocio de nuestros clientes. Y es precisamente ese conocimiento de dicho negocio lo que nos permite ofrecerles un asesoramiento de calidad, especializado y eficiente. Así, junto al “sombrero” de abogados, nos ponemos el de ingeniero, el de hostelero, el de constructor, etc.

Reflexionando sobre esto me acuerdo ahora de lo que me dijo mi hijo (que quería ser cada día una cosa distinta) y pienso que quizá, sin ser muy consciente de ello, mi hijo de mayor quiere ser… abogado!